sábado, 21 de enero de 2017

LOS MUROS DE TRUMP



Rafael González Franco de la Peza
 (Charla en la inauguración de la exposición de pintura “México saluda a Trump” el 20 de enero de 2017)

De por si las fronteras son el triunfo de la necedad del impulso que anima a los más mezquinos entre los mezquinos.

De por si las fronteras imponen divisiones artificiales a ecosistemas y a naciones, dividen a  pueblos y familias, cortan el libre flujo de animales y ríos; pero sobre todo, impiden el libre trashumar de los humanos, y todos somos caminantes.

De por si las fronteras sirven para mantener al otro diferente apartado y apestado,  excluido  y confinado extramuros para no vernos perturbados por su función de espejo de lo que más odiamos de nosotros mismos.

De por sí las fronteras son ciegas, sordas, insensibles a lo que sucede allende la línea.

Y encima, como si no fuera suficiente el  dolor, la aflicción y la angustia que siembran y exacerban las fronteras, se levantan muros, muros reales y muros simbólicos, erigidos para consumar lo que las fronteras dejan inconcluso: la ignominia de la segregación absoluta, la siembra de las desconfianzas, de las discordias, de las exclusiones y de los odios.

El “no pasarás”, tú, el diferente a nosotros los puros, los superiores, los bendecidos, los elegidos; a ti, que tanto desprecio porque me conectas con lo que más deprecio de mi mismo.

La frontera y el muro no son nuevos; ya hace mucho que la línea es barrera infranqueable para el flujo de lo que nos hace humanos (libre tránsito,  encuentro entre hermanos, comercio justo, solidaridad y cooperación), y hace mucho que la frontera norte es membrana permeable a lo que más destruye (tráfico de armas, drogas y, sobre todo, personas obligadas a hacerle de burreros o expuestas al odio homicida de francotiradores improvisados, a morir ahogados en el río, ser víctimas de trata o que se vuelva vano todo el esfuerzo, todo el dinero ahorrado y todo el sufrimiento para poder pasar del otro lado, al ser bruscamente regresados a éste y frustrar el sueño americano).  

Ya hace tiempo que hay, a lo largo de la frontera, tramos considerables de ominosos altos muros (casi una tercera parte de toda la línea); ya hace mucho que aventurarse a cruzar es jugarse la vida caminando por un desierto hostil y en muchos casos letal, o ser atrapado con droga y ser castigado sin clemencia como si se fuera el dueño del negocio; ya hace mucho que el gobierno del país vecino expulsa millones de gente sin papeles, ya hace mucho que el trabajo indocumentado es mal pagado, abusado y maltratado. Ya hace mucho que la frontera y el muro que ya está ahí sacralizan el cruce legal para que los patrones de allá contraten mano de barata, pero que es esperanza de una vida mejor para la familia, en carácter de remesas. Conozco gente que vive, hace mucho,  en la angustia permanente por ser deportados, no de ahora, sino de años.

Sin embargo, cuando se pensaba que la cosa no podría estar peor, en un mentís cruel a los optimismos, los astros se alinearon para conspirar no a favor de buenos deseos sino a favor de la infamia estadounidense; esa que por robarse todo, hasta el nombre de “América” y “americano” se apropiaron. 

Mucho se dijo durante su campaña, que más preocupante que Trump fuera candidato o que incluso llegará a presidente, era lo que hacía posible que lo fuera; que hubiera tanta gente entusiasmada por su discurso, actitudes y desplantes. Yo todavía no se que sea más grave, que el tipo sea presidente o que bajo su peculiar modelo democrático (para mi más bien una hipócrita plutocracia)  haya sido elegido por tantos ciudadanos que encontraron en Trump la realización de sus anhelos, que se hayan sentido identificados con su discurso y esperanzados con sus promesas.

Más alarmante que el mismo Trump, sus bravuconadas y sus ya contundentes medidas anti mexicanas; es que haya recibido, primero, el apoyo de tantos miembros de su partido y, después, el voto que lo llevó a la presidencia.  Esto nos habla de que Trump le puso palabras y plasmó en acciones lo que muchos estadounidenses (que no americanos, porque éstos los habemos desde Alaska hasta la Patagonia) piensan y desean; que el discurso de Trump hizo eco de un clamor casi en sordina hace apenas pocos meses, inspirado por los más ruines sentimientos supremacistas, racistas, xenófobos, sexistas, misóginos. Es aterrador que un discurso que hace apología de tan ruines sentipensares haya recibido tan buena acogida por tantísima gente. Porque el triunfo de Trump es el triunfo de quienes, desde su supremacismo racista se sintieron agraviados por la llegada a la casa blanca de un negro, descendiente de esclavos. Los estadounidenses amamantados por el Kukuxklán no toleraron que Obama ganara y ahora están viendo su hora.  Van con todo por la revancha.

¿Cómo es posible que un discurso de esta naturaleza tenga tanta resonancia en una sociedad multicultural como la estadunidense? El triunfo de Trump muestra que un sector de la sociedad estadounidense no blanca, anglosajona y protestante (WASP por sus siglas en inglés) comparte los sentimientos antimexicanos, anti musulmanes, anti extranjero.   Hegel enseñó, en la dialéctica del amo y del esclavo, que éste acaba mimetizándose con aquel y por eso el mejor capataz de un esclavo es otro esclavo; lo que no saben los no WASP que comparten el discurso de odio de Trump, es que esos mismos WASP a los que quieren parecerse, los desprecian y  también los odian.

En este contexto, independientemente de si el proyecto del muro se concreta, otros muros, quizá más terribles e ignominiosos han sido ya levantados. No es uno, son muchos muros los que ya se han levantado, muros simbólicos pero no por eso menos efectivos en su capacidad de daño.

Claro que Estados Unidos puede construir un muro de su lado, hay que insistir, ya lo ha hecho en casi una tercera parte de toda la línea, el muro ya existe;  pero un presidente Mexicano valiente y con dignidad debería haber manifestado su rechazo tan sólo a la mera idea de continuarlo. Ese día en Los Pinos, Trump mostró que su muro ya estaba construyéndose.

Insisto, independientemente de si el proyecto del muro se concreta, otros muros, sin duda peores han sido ya levantados. Muros simbólicos pero reales, eficaces; contundentes en su potencial destructivo.

Trump prometió un muro y su triunfó lo edificó, cuando al decir “haremos América grande otra vez” (ojo, se refiere a su país, Estados Unidos de América y no a un maravilloso continente al que pertenecemos) está reivindicando desde el exterminio de los pueblos originarios de ese país, el “América para los americanos” de la doctrina Monroe, el despojo de la mitad del territorio mexicano, el respaldo a Huerta para que asesinara a Madero, la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, el respaldo al golpe contra Arbenz en Guatemala, la guerra de Vietnam, el respaldo a Pinochet y a los militares golpistas dictadores en América del Sur, el embargo a Cuba, las invasiones a tantos países latinoamericanos y del Caribe, el apoyo a la contra Nicaragüense y el boicoteo al proyecto de la esperanzadora revolución Sandinista; en fin,  Trump prometió un muro y su triunfó lo edificó, cuando está reivindicando la parte más obscura y dañina del imperialismo Yanqui, que aunque en tiempos de neoliberalismo salvaje y TLC se quiera ocultar y negar, existe, vaya que existe. Y con ello, la justificación de nuevas tropelías de diversa calaña.

Trump prometió un muro y con su triunfó se edificó, cuando negó el cambio climático y propuso al presidente de Exxonmobil, una de las principales empresas responsables de tan letal fenómeno planetario, como Secretario de Estado; un muro simbólico que encumbra a los cínicos y le da poder a los detractores de los acuerdos a los que con tanta dificultad ha llegado la comunidad internacional, comprometiendo los esfuerzos para lograr una efectiva reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y con ello el abatimiento del calentamiento global.  De por si Estados Unidos no firmó el Protocolo de Kyoto sino hasta 2015. Los grupos de poder en contra de combatir el cambo climático han sido muy poderosos en ese país, desde antes sin Trump, ahora con Trump vuelven a tomar fuerza, quizá todavía más fuerza que antes, en un momento en que la eficacia con la que pueden sabotear los acuerdos de París tendría consecuencias fatales para toda la humanidad.

Trump prometió un muro y con su triunfó se edificó, cuando llamó delincuentes, narcotraficantes y violadores a todos los mexicanos y terroristas a todos los musulmanes; un muro simbólico que está legitimando la violencia contra ellos; un muro simbólico que está envalentonando de nuevo a los Kukuxklanes, empoderando a cada estadounidense que  se siente respaldado y protegido cuando insulta, golpea o maltrata a esos, para él, despreciables porque así los ha decretado el hoy presidente.

Trump prometió un muro y con su triunfo se edificó, cuando amenazó a las empresas de capital estadounidense no solo para que no inviertan en nuestro país sino para que dejen de manufacturan aquí (las armadoras de coches por ejemplo). La cancelación de la inversión de Ford en San Luis Potosí no es menor tratándose de un país tan lamentablemente dependiente, junto con la exportación de petróleo crudo, de la inversión extrajera. Las consecuencias en la maltrecha economía y el empleo de este país resentirá y mucho esta tropelía. Por cierto, para quienes pensaban que las bravuconadas de Trump serían tan sólo eso, bravuconadas; para quienes pensaban que no pasaría del alarde blofero del chico malo del barrio, la cancelación de la planta de Ford en SLP es muestra de que el tipo no sólo está loco sino que va en serio.

Trump prometió un muro y con su triunfo se edificó, al usar una narrativa que embona perfectamente con las ideas y aspiraciones de grupos fascistas que están creciendo aceleradamente en número, fuerza e influencia en toda Europa; que coincide con discursos antiinmigrantes, con llamados a purezas étnicas y nacionalismos xenófobos y racistas. Las fuerzas más obscuras de la reacción antidemocrática, justificadora de la violencia y el exterminio del otro diferente, tienen ahora en Trump un campeón, un líder con todo el poder del presidente de Estados Unidos. Un líder movido por prejuicios, rencores y deseos de venganza; irracional, intolerante y déspota. Un líder que ya antes de ser presidente ha sabido dejar ver su capacidad para hacer temblar a las economías más robustas del planeta.

Por eso nos dejó, primero estupefactos, y después indignados y rabiosos, la tímida, casi inaudible, declaración de Enrique Peña Nieto diciendo que no se pagará el muro cuando debió decirse que no se permitirá su construcción. Esa declaración de nuestro presidente sonó a claudicación, a un acto deshonroso de aceptación de la afrenta. El timorato y como susurrado “México no pagará el muro” de Peña Nieto hizo patente la aceptación resignada del acto prepotente del vecino abusivo; la respuesta sumisa del lacayo.

La de Trump ha sido una estrategia para cohesionar en torno suyo a millones de seguidores inventando enemigos, México y los mexicanos; los musulmanes, el esquema comercial vigente, las empresas con capitales y producción fuera de los Estados Unidos; enemigos que responden a los miedos de millones de estadounidenses con formas de ver al mundo más o menos como la de Homero Simpson. 

Además, no olvidemos que el odio de Trump hacia México y los mexicanos sí es algo personal, desde mucho antes de ser candidato, Trump ya tenía a México y a los mexicanos en la mira por los  fallos en su contra en los litigios que tuvo por sus fallidos negocios inmobiliarios en nuestro país. Trump hacia México se comporta como un animal herido; no reparará hasta ver saciada su sed de venganza; pero lo hace teniendo nada más ni nada menos que el poder del presidente de Estados Unidos.

El verdadero muro de Trump es que en todas partes todo el mundo está muerto de miedo, desde los chinos, pasando por los europeos (la misma Merkel) hasta mostros; es el muro de miedo que se levanta globalmente. De por sí la economía global, pautada por un neoliberalismo rabioso está sostenida por alfileres y nos trae desde hace años de susto en susto.

Así las cosas, aunque Obama haya deportado a más indocumentados que nunca, el muro levantado ya por el triunfo de Trump no detendrá a los millones de personas de todo el mundo, entre los cuales sin duda seguirá habiendo una gran cantidad de mexicanos desesperados por mejorar la vida de los suyos, pero sí justificará salarios más bajos, mayores maltratos y peores condiciones de trabajo.

Por supuesto que existe una alta probabilidad de deportaciones masivas, en niveles mucho mayores a los que ya existen y eso le meterá mayor presión a la economía mexicana y agudizará el, de por sí, ya un drama humanitario, que millones de centroamericanos y de otras muchas naciones viven un viacrucis al cruzar el territorio mexicano.

El muro simbólico que ya ha levantado Trump, independientemente de la ampliación del muro real, es el catalizador, la levadura, que está haciendo y seguramente hará con graves consecuencias,  que se agudicen los aspectos negativos de nuestra vecindad, seguirá dando golpes a la de por si vapuleada economía nacional; afectará las exportaciones mexicanas a aquel país, las inversiones de aquel país al nuestro, hará mucho más difícil la situación de los indocumentados, volverá más costoso y riesgoso el cruce de la frontera, el tránsito por el desierto.

 El muro simbólico que ha levantado Trump, fortalecerá a los capos del narcotráfico, al crimen organizado que cruza a los indocumentada y los obligan a meter la droga (si, los antiguos polleros eran hermanas de la caridad comparados con los dueños actuales del negocio de cruzar indocumentados), a las mafias de trata de personas, a los brókeres de armas; fortalecerá a la parte más ruin de quienes medran con el dolor ajeno.

No nos engañemos, México nunca ha sido considerado como un amigo por los gobiernos y los grandes intereses económicos de los Estados Unidos, siempre han buscado sacar ventaja de los recursos naturales y la mano de obra barata, aquí o allá, de los mexicanos, aprovechando la cobardía, la postración   y el oportunismo de nuestros gobernantes, (recordemos que el “comes y te vas” de Fox a Fidel Castro fue para complacer al presidente Bush, por poner solamente un muy marginal y anecdótico ejemplo).

El que la democracia de los EUA sea en realidad una plutocracia, envalentona también a los grandes poderes fácticos de México, es el triunfo de los grandes ladrones de cuello blanco gobernando a nuestro país por interpósita persona ansiosa de sumarse a la caterva de accionistas. Y por eso no tenemos un gobierno con la determinación y la valentía para plantearse ante Trumpo de manera decidida, digna y firme.

Tiempos aciagos se barruntan, en mucho a causa de la fechorías de Trump, pero ya hace rato que nos gobiernan unos vivales y de eso Trump no es culpable, que acá también tenemos ya hace mucho una plutocracia. Mucho en las traídas y llevadas reformas estructurales no es sino la creación de condiciones para asegurarle mejores condiciones de negocio a quienes llevaron a Peña Nieto al poder.  Pero no dejemos de lado que todavía hay una sociedad que lo soporta y que solamente se queja, se manifiesta, exige la renuncia de los gobernantes; pero poco hace para comprometerse en cambios efectivos que la saque de privilegios y zonas de confort.

La única faceta positiva del muro es que mucha gente está tomando conciencia del drama que para muchos significa la barrera levantada desde hace muchos años, el muro que hace que miles de mueran o simplemente desparezcan sin que sus familias vuelvan a saber de ellos, el drama de los que cruzan el país en la bestia. Ojalá nadie tuviera que verse obligado a tratar de llegar al otro lado, porque de éste encuentra lo que su familia necesita.

Afortunadamente esta noche estos veinte artistas están reivindicando la dignidad nacional ante la afrenta que la belicosidad desmedida de Trump le está endilgando a México. 

Esta noche y de aquí en adelante, el arte despliega sus alas para volar más alto que el más alto de los muros. Debemos felicitarnos por eso.

Muchas gracias.

lunes, 10 de octubre de 2016

La responsabilidad de evitar la confrontación en el seno de la sociedad mexicana


En las últimas semanas hemos visto a una parte de la sociedad mexicana dividida y confrontada tras la iniciativa del ejecutivo federal para legislar sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. Las marchas convocadas por el Frente Nacional por la Familia han llevado a muchos mexicanos, inclusive al interior de las familias, al enfrentamiento a favor y en contra de esa iniciativa, que no hace más que acatar la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la nación, que establece la inconstitucionalidad de negarle ese derecho a lesbianas y homosexuales.  

Debe preocupar el tipo y el nivel de enfrentamiento que se está dando, tanto en las redes sociales como en los espacios públicos –afortunadamente todavía solamente de tipo verbal­- en los que a los argumentos sigue la descalificación, el insulto y la denigración, con una carga crecientemente agresiva en ambos polos. Es preocupante porque ese es el caldo de cultivo para que revivan viejos agravios en el México profundo, esos que durante el siglo XIX se manifestaron en las luchas entre liberales y conservadores y en el siglo pasado en la guerra cristera, y que evidentemente siguen en estado latente.

Reconociendo el derecho de las personas que conforme a sus convicciones y de buena fe marcharon los pasados sábados 10 y 24, y enfatizando que se trata de un derecho que debe ser tutelado firmemente, es necesario denunciar la forma perversa como el auto denominado Frente Nacional por la Familia ha logrado convencer a la mayoría de esas personas de que el reconocimiento de ese derecho es una amenaza para la familia. Esta organización y sus aliados deben ser desenmascarados y obligados a desistir de su intentona para agudizar las diferencias y exacerbar la confrontación al interior de la sociedad mexicana.

El análisis de los argumentos esgrimidos por el Frente Nacional por la Familia y su aliados, nos muestra el uso de un recurso muy eficaz: inventar un enemigo y decirle a la gente que amenaza lo que le es más valioso, ligándolo a sus prejuicios más arraigados para infundir miedo y lograr que se manifieste movida por el odio a ese enemigo. Es una fórmula probada que no falla, siglos de experiencia lo confirman. Por ejemplo la frase “no te metas con mis hijos” utilizada en la convocatoria y las consignas de las marchas, nos muestra una respuesta natural de los padres ante lo que ellos consideran una  amenaza a lo más preciado. ¿De dónde sale esta supuesta amenaza a los hijos, si no de un eficaz recurso para infundir miedo? Es la misma estrategia de Trump para ganar seguidores, decirle a la gente que los extranjeros, especialmente los mexicanos, son una amenaza.

Uno de los ejemplos más acabados de este recurso, por su efectividad en la creación de condiciones para el holocausto judío, es el libro llamado “Los protocolos de los sabios de Sion”, un refrito de documentos y novelas del siglo XIX en los que se atacaba a los jesuitas y a los masones, que decantó en un libelo apócrifo destinado a infundir miedo y odio a los judíos entre las sociedades europeas y sirvió después para justificar su persecución y exterminio.

Quienes marcharon dicen estar motivados por la defensa del derecho a lo que ellos llaman la familia natural o tradicional y el derecho de los padres a la educación de sus hijos, cuando ni en la citada iniciativa de ley, ni entre los motivos de quienes pugnan por el reconocimiento al derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, existe algo que atente contra el tipo de familia que ellos defienden. La familia formada por parejas heterosexuales seguirá teniendo los derechos que tiene hasta ahora, los padres seguirán teniendo la patria potestad y el derecho a educar a sus hijos según sus convicciones, derechos que seguirán siendo tutelados por el Estado, pero que se extienden a otros tipos de familia; entonces ¿por qué el miedo?

En ningún caso, se han aportado pruebas de que el derecho al matrimonio de parejas homosexuales atenta contra la familia, no se dice en qué o cómo pueden afectarla; pero un cóctel de afirmaciones que lo mismo presenta la homosexualidad como contraria a la naturaleza, o como una enfermedad curable si quien la sufre se lo propone, o como una perversión, que la equipara con la pederastia y otros comportamientos sociópatas, logran crear en una parte del imaginario social la idea de que la homosexualidad es un ente del mal. A ello se suma la utilización de otro engaño: la distorsión de la perspectiva de género, bajo el equívoco concepto de "ideología de género", con el fin de desinformar y desacreditar esta perspectiva, creando confusión sobre lo que realmente se busca con la equidad de género y el respeto a la diversidad sexual. De ahí se sigue como lógico negarle el derecho al matrimonio a las parejas del mismo sexo, por ser algo perjudicial para la sociedad.

Se dice que se está defendiendo el propio derecho (no obstante que no hay objetivamente nada que lo amenace), que no se trata de homofobia y que no se está discriminando, cuando en realidad las manifestaciones fueron clara y abiertamente en contra del reconocimiento de un derecho de los homosexuales. Negar derechos a otras personas es discriminarlas y no se discrimina a nadie si no existe una fobia contra él. Esta trampa argumentativa ha sido impulsada consciente e irresponsablemente por  el Frente Nacional por la Familia y sus aliados.

Con la negación de ese derecho, se está violentando la convivencia y generando una repuesta de parte de quienes se sienten agraviados no solamente porque se les está escamoteando ese derecho a lesbianas y homosexuales, sino por toda la argumentación que lo acompaña, llena de adjetivos denigrantes, afirmaciones que atentan contra su dignidad, mentiras y desinformación, que además hace aparecer como intolerantes las reacciones de indignación, pretendiendo que la resignación pasiva es la única legitima ante tanto agravio.

De esta manera, las mentiras y manipulaciones del Frente Nacional por la Familia y sus aliados están contribuyendo a agudizar un clima de confrontación, en el que una parte de la sociedad se siente amenazada, y por lo tanto justificada a reaccionar agresivamente para defenderse, y la otra se siente agraviada e indignada por la insistencia de aquella en negarle derechos a lesbianas y homosexuales, con argumentos que los injurian y atacan su dignidad. Los organizadores de las marchas tiene en la mira las elecciones del 2018, así lo han reconocido sus líderes, si esta confrontación se mantiene puede sin duda escalar a proporciones muy lamentables.

Es urgente que el legislativo federal y los legislativos de los estados en los que no se ha consagrado el derecho de lesbianas y homosexuales a casarse entre sí, lo hagan cuanto antes, conforme a la resolución de la Suprema Corte, porque de lo contrario están dejando crecer un enfrentamiento que puede escalar fisurando profunda y peligrosamente el ya de por sí maltrecho tejido social de nuestro país, en momentos en los que deberíamos estar unidos enfrentando los grandes problemas nacionales. Ojalá lo entiendan nuestros legisladores.



viernes, 16 de octubre de 2015

Acuerdo de civilidad en favor de la convivencia y la comunicación cara a cara:

Para toda persona portadora de algún aparato que sirva para comunicarse a distancia:

1. La persona que está conmigo en una conversación tiene prioridad en mi atención.
2. No estoy obligado a contestar todas las llamadas o mensajes que reciba si estoy conversando con alguien cara a cara (la mayoría pueden esperar).
3. Si verdaderamente necesito responder tendré la amabilidad de disculparme por la interrupción con la persona con la que estoy.
4. Si fue absolutamente necesario responder le diré a la persona que me contactó que estoy con otra persona para asegurar que la conversación (oral o escrita) sea breve.
5. Dado que reconozco la importancia de mirar a la persona con la que estoy conversando, evitaré tener la mirada fija en una pantalla, por pequeña que ésta sea.
6.  Si estoy participando en una actividad grupal en un espacio cerrado, pondré mi aparato en modo silencioso y si necesito contestar saldré del mismo, para no interrumpir ni distraer la conversación.
7. Este punto aplica para todos, independientemente cuanta autoridad o fama tenga y más si está en el presidium.
8. Cuando esté en lugares públicos cerrados pondré el sistema vibratorio para no agredir acústicamente a las demás personas usaré audífonos para escuchar música y ver vídeos. 
9. Cuando tenga personas a mí alrededor evitaré hablar fuerte para que me oigan al otro lado de la linea, no hay necesidad de que todo mundo se entere de lo que digo.
10. Si estoy manejando, ni respondo llamadas ni me distraigo con los sistemas de localización, ¡no pongo en riesgo la vida de los demás!

¡Contra la invasión de nuestras vidas por los aparatos de comunicación a distancia!

lunes, 28 de septiembre de 2015

Para situar el optimismo ante los Objetivos de Desarrollo Sostenible


La Asamblea General de la ONU acaba de adoptar la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, como “un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad, que también tiene la intención de fortalecer la paz universal y el acceso a la justicia”. Esta resolución reconoce “que el mayor desafío del mundo actual es la erradicación de la pobreza” y se afirma que sin lograrla no puede haber desarrollo sostenible. El texto aprobado menciona que la nueva estrategia contenida en los Objetivos de Desarrollo Sostenible “regirá los programas de desarrollo mundiales durante los próximos 15 años. Al adoptarla, los Estados se comprometieron a movilizar los medios necesarios para su implementación mediante alianzas centradas especialmente en las necesidades de los más pobres y vulnerables”.
A Einstein se le atribuye la frase: “locura es pretender obtener resultados diferentes haciendo lo mismo”; si se mantienen las pautas que han llevado a la situación actual ¿cómo esperar que las cosas cambien? Sin un cambio radical de paradigma no habrá posibilidad alguna de alcanzar esos objetivos y todo quedará en una declaración más de buenas intenciones; como ha pasado con los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aprobados hace 15 años, y cuyas metas para este 2015 están, en la mayoría de los caso, lejos de alcanzarse. ¿Cómo lograr objetivos tan ambiciosos, además de urgentes y necesarios, si no se revierten las causas estructurales del estado actual de cosas? La crisis ambiental, de pobreza y de violencia que se vive en el mundo requiere de acciones decididas que subviertan de una vez por todas las lógicas imperantes en la interacción social y con el medio ambiente.

Ese cambio radical de paradigma deberá estar basado en una “revolución ética estructural-radical” que paute nuevos derroteros para la convivencia humana y la relación sociedad-naturaleza, que nos disponga e incentive a la cooperación y la relación armónica con el ambiente. Para muchos, estas afirmaciones parecen estar fuera de la realidad, ser románticas, incluso ingenuas; se me ha dicho que son consideraciones que obvian las leyes de la historia y la lógica del poder; pero hay que insistir que sin tal revolución ética, todo seguirá conforme a las mismas tendencias y ninguno de los propósitos acordados por la comunidad internacional se verán cumplidos.

Esta “revolución ética estructural-radical” tiene desde nuestro punto de vista cuatro componentes que descansan sobre una cultura de buen trato y del cuidado de uno mismo, de los demás y del entorno. Hablar de buen trato y de cuidado en su sentido profundo, remite a la regla de oro de todas las religiones y a las espiritualidades de todos los tiempos y latitudes: “trata a los demás como quieres ser tratado”; recupera la esencia de la compasión, la empatía y la solidaridad y reconoce que como seres humanos estamos impelidos a cooperar porque de los contrario no somos viables como especie.

Basados en una cultura de buen trato y del cuidado de uno mismo, de los demás y del entorno, los componentes de esta revolución ética estructural-radical, sin ser ninguno de ellos más importante que los otros, pueden describirse sucintamente de la siguiente manera:

1.      Educación e incentivos efectivos para una convivencia pacífica y colaborativa en los distintos ámbitos de interacción humana, con equidad, incluyente y respetuosa de la diversidad y de las diferencias.

2.      La creación de condiciones para asegurar una relación sociedad-naturaleza pautada por  los límites de la regeneración y la capacidad de carga de los ecosistemas, y el fin a la extracción minera de recursos naturales  (considerando que todos son no renovables); además de generación cero de emisiones a la atmósfera y residuos tóxicos y contaminantes.

3.      La generalización de modelos de producción, distribución, intercambio,  movilidad y consumo a escala comunitaria,  en la lógica del buen vivir y no en la del capital, además de la erradicación de la industria alimentaria que no nutre, de la producción y uso de agro tóxicos y de los organismos genéticamente modificados en la producción agrícola.

4.      El aseguramiento de andamiajes legislativos e impartición de justicia  cuyo núcleo sea el respeto irrestricto a los derechos humanos.  Tolerancia cero a la corrupción y a la impunidad.


Sin el despliegue efectivo de estos cuatro componentes, como resultado de un cambio de paradigma al que las sociedades humanas se adhieran como una revolución ética estructural-radical, las causas que perpetúan la pobreza seguirán con el mismo vigor, el deterioro ambiental y el cambio climático no se detendrán y la degradación de la convivencia humana se agudizará; quedado los Objetivos de Desarrollo del Milenio y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, como quizá la última declaración de buenas intenciones en la que se puso de acuerdo la comunidad internacional; pero sin que haya podido tener efectos positivos en la realidad del mundo.

miércoles, 22 de julio de 2015


Les comparto un fragmento de la entrevista que me hicieron en Anunciación TV sobre mi libro "El gobierno de las Organizaciones".

martes, 24 de febrero de 2015

Un gran líder, o muchos

Ayer vi la película Selma, que trata sobre una parte central en la vida y obra de Martín Luther King, la de su lucha por lograr el derecho al voto de la población negra en los Estados Unidos, y salí preguntándome por qué no podemos tener en México, en estas horas aciagas, un líder que pueda encabezar un gran movimiento de transformación nacional, como lo tuvo la India en Gandhi para su independencia de Inglaterra, o los negros de Estados Unidos en King para su lucha por los derechos civiles. 

Últimamente he hablado con mucha gente que quiere una transformación profunda en México y desea hacer algo para lograrlo, pero que, como yo mismo, no encuentra cómo; gente que quisiera ser parte de un gran movimiento social, sumarse a una lucha colectiva por un cambio radical que permita superar la profunda crisis nacional, que  ponga freno a la violencia inmisericorde que asola al país, que erradique la corrupción, la impunidad de los poderosos para hacer sus tropelías, que instaure un estado de derecho efectivo y no solamente para quienes pueden pagar por él, que ponga freno a tanta injusticia y abuso, que garantice los derechos de todos y todas en todas las circunstancias y sin demagogias, que detenga la destrucción del medio ambiente y la biodiversidad del país y la entrega de los recursos naturales a piratas modernos, que acabe con los poderes fácticos desde el narco hasta las televisoras, en fin, un cambio real y no más partidos cínicos y sinvergüenzas; pero prácticamente todas esas personas, como yo, se quedan inmóviles, rumiando el enojo, la frustración, la impotencia y la desesperanza  .

¿Por qué no podemos tener en México, en estas horas aciagas, un líder que pueda encabezar un gran movimiento de transformación nacional? Es una pregunta que muchos nos estamos haciendo. Pero me pregunto si es imprescindible un líder como Gandhi o King para lograr ese cambio que anhelamos ­no sé si la mayoría pero si muchísimos mexicanos­. ¡¿Y si en lugar de uno, surgieran muchos líderes en todas partes?! o mejor, ¿si cada uno encabezáramos ese movimiento?

La cuestión es que para que se de el cambio se necesita un proyecto que conjunte las voluntades y la energía de todos. Eso es lo que han hecho esos líderes en la historia: le ofrecen a la gente un proyecto en el que todos encuentran reflejados sus anhelos de cambio. No es cierto que si cada quien hace lo que le toca hacer vendrá el cambio anhelado. Ciertamente se requiere que cada una y cada uno haga lo que le toca, pero además se requiere que juntos empujemos al cambio deseado, porque hay otros que se benefician del estado actual de cosas y por supuesto que evitarán que ese cambio llegue. Lamentablemente se trata de una lucha de poder: el estatus contra una idea más o menos dibujada de un México diferente.

Lo que hace posible un movimiento social es un proyecto colectivo y lo que han hecho muchos de los líderes históricos es darle forma al anhelo compartido; pero si hoy no puede haber –por las razones que sean-­ ese líder, ¿por qué no trabajar en darle forma a ese proyecto?; creo que eso lo podemos hacer y entonces sí, con un proyecto común formar células en todo el país que empujen el cambio anhelado; sin necesidad de un líder como Gandhi o King o cualquier otro.

No nos quedemos atrapados en si será posible o no el cambio con estas elecciones o las de dentro poco más de tres años, es claro que por ahí no vendrá transformación alguna; los partidos políticos y la política actual están podridos, hay que depurarla de cuajo, pero eso no podrá ser hasta que venga el cambio; lo que yo estoy proponiendo es independiente de la dimensión electoral y con ello no estoy proponiendo ni que no se vote ni que se anulen los votos –aunque por cierto lo estoy considerando seriamente-.

Que cada quien haga lo que crea que es mejor con respecto a su voto; pero además, debemos ir construyendo un gran diálogo nacional para cambiar México a través de diversos medios, entre los cuales pueden estar las elecciones; pero no pensemos que nuevos diputados o senadores o nuevos gobernantes en nuestros municipios, estados o el país todo, serán los agentes de cambio alguno.

La construcción de ese proyecto enfrenta un escollo mayúsculo; una inmensa mayoría de mexicanos compartimos la convicción de que esto debe cambiar, estamos hartos, indignados, enojados, inconformes, dolidos, impacientes porque las cosas cambien; pero la mala noticia es que los mexicanos estamos profundamente divididos acerca del sentido y la naturaleza del cambio que queremos;  y esa es nuestra verdadera debilidad, por eso quienes tiene el poder real en este país actúan con tanta impunidad, porque saben que un pueblo dividido como el nuestro jamás reunirá la fuerza necesaria para echarlos.

México está dividió entre el norte rico y el sur pobre –y no sólo en sentido geográfico-; todavía hay rescoldos de las luchas entre liberales y conservadores del siglo XIX, aún no hay coincidencias sobre cómo debe ser un estado laico; hay también, aunque no se quiere reconocer, una lucha de clases más compleja que la que explican las teorías clásicas; muchos grupos enherbolan discursos democráticos pero se niegan a renunciar a privilegios absurdos disfrazados de conquistas laborales; los mirreyes de todas partes desprecian y maltratan a la prole y la prole responde con injurias y amenazas, y casi todos seguimos dándole la espalda a los pueblos originarios y dejando a su suerte al México rural y pobre; vaya si ni siquiera en nuestros vecindario, condominio o comunidad podemos convivir. Sí, estamos divididos frente a muchos temas y ante ello no podemos evadir una pregunta fundamental antes de decidirnos a luchar juntos por el cambio en contra de todos esos problemas que nos aquejan: corrupción, violencia sanguinaria, impunidad, narcogobiernos, ausencia de justicia efectiva y demás lacras: ¿podremos coexistir en paz, en armonía, construyendo una efectiva prosperidad, estando tan divididos? ¿Podremos poner a un lado nuestros prejuicios, dejar de negarle al que piensa diferente el derecho a pensar, sustraernos de desear su exterminio? ¿Podremos vivir juntos? como pregunto Alain Touraine hace tiempo.

Si no somos capaces de encontrar aquello en lo que podemos estar de acuerdo acera de un estado de derecho efectivo y reconocer que tenemos muchas diferencias y que tendremos que aceptar que sólo un México en el que quepamos todos podrá ser un México diferente ­más parecido al que anhelamos­, entonces sí hagámonos a la idea de que estamos condenados a esta postración.

Todo esto pensé al salir de ver la película de Martin Luther King, ¿por qué no podemos tener en México, en estas horas aciagas, un líder que encabece un gran movimiento de transformación nacional?; pero quizá no son líderes lo que nos esté haciendo falta, sino un proyecto alternativo de país en el que todos veamos reflejados nuestros anhelos y sea ese proyecto el que ejerza el liderazgo, y alrededor de él se formen miles de células en todo el país y logremos empujar de tal manera que todo aquello que nos tiene hartos caiga, a la vez que construimos un país diferente. Quizá lleve años esbozar ese proyecto común, pero no tenemos alternativa, o lo construimos entre los más y desde abajo, o los menos seguirán haciendo de las suyas.

En concreto mi propuesta es que hagamos el cambio desde abajo sin esperar que otros lo hagan; reunámonos con amigos, vecinos, compañeros, y ahí discutamos y acordemos lo mínimo en lo que podemos estar de acuerdo sobre lo que quisiéramos para México; que en cada barrio, centro de trabajo, escuela, comunidad, grupo de amigos, haya momentos de reflexión común sobre el México alternativo; y desde ahí vayamos generando espacios de conversación cada vez más amplios para ir juntando todos esos fragmentos de proyecto de país, de manera que esa misma reflexión conjunta nos lleve a tejer redes de empatía y solidaridad, células que empiecen a empujar por el cambio. No esperemos a que surjan líderes; pensemos en un movimiento amplio de múltiples y diversos liderazgos colectivos. Pero el objetivo debe ser claro: llegar a definir una idea de país en la que todos coincidamos ­un mínimo común denominador­, reconociendo que prevalecerán diferencias que quizá nunca lleguen a conciliarse; pero aseguremos lo básico en términos de estado de derecho efectivo, justicia verdadera, democracia real, derechos respetados, obligaciones asumidas, tolerancia cero a la corrupción y a la impunidad, limitación estricta de los podres fácticos y erradicación de complicidades criminales.

Si tú quieres un cambio, quieres hacer algo y ya te cansaste de esperar que otros lo hagan; promueve un grupo de discusión sobre el México diferente al actual que queremos, y luego busquen otros grupos y compartan con ellos hasta ir teniendo una propuesta común lo más amplia posible.

No podemos hacer el cambio si no tenemos y si no compartimos qué México queremos, hagamos el cambio desde abajo, aunque tome tiempo, nadie lo hará por nosotros; cada uno, pero todos juntos.



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